Como todos los días, amanece en la ciudad. Nada parece capaz de romper el silencio casi religioso de la mañana. Sin embargo, en el aire aletea una tensa emoción proveniente de la cueva de los Tronners. Hoy es el día de los días, el juego va a empezar.  
Han transcurrido 100 años desde la Tercera Guerra Mundial. Los supervivientes de la catástrofe juraron que jamás sucedería en el planeta nada parecido y, como eran tan pocos, lograron ponerse de acuerdo: a partir de ahora, las diferencias entre naciones se dirimirían entre dos hombres especialmente entrenados para ello. Imaginaron un juego, mortífero y espectacular, en el que cada campeón conduciría un campo de fuerza láser a través de un laberinto ho-lográfico y cambiante. Aquél que obligara a su adversario a chocar con su estela o lo acorralara, ganaría el juego y la «guerra», al precio de una sola vida. Así nacieron los Tronners, dedicados desde su nacimiento a ser los últimos guerreros de un mundo agonizante, incapaz de sobrevivir sin la violencia, a pesar de la amarga lección de la historia. Así vio la luz también el juego de los juegos: Tron. El juego, en realidad, es muy simple. Los dos jugadores, cada uno dentro de su campo de fuerza, se mueven a través del área de juego, dejando a su paso una estela mortal. Si cualquiera de ellos choca con ella, deja de existir en el acto. Ambos tienen a su disposición la misma cantidad de combustible y se mueven a la misma velocidad. De los tres laberintos posibles, el más arriesgado y entretenido es, sin duda, el aleatorio: hace falta gran habilidad para sobrevivir. Finalmente, una buena estrategia para ganar es no permanecer en la misma zona de la pantalla mucho tiempo, para no dar oportunidad al adversario de que nos rodee, destruyéndonos. AS |