¿Recuerdan a los tradicionales trapisondistas del Rastro o lugares parecidos, aquellos que montaban una mesa con tres cubiletes? A lo mejor, más de uno se ha dejado tentar por el imposible reto de seguir con los ojos la pista a la moneda que se mueve, a la velocidad del rayo, entre los cubiletes en cuestión. Por desgracia, casi siempre gana la casa, y cuando uno dice en tono triunfal «está allí», la cara sonriente del prestigiditador callejero levanta el cubilete y... está vacío. Este programa simula, en el entorno mucho más pacífico de la pantalla de un Amstrad CPC, un juego antiquísimo, cuya razón de ser, más que las ganancias que se puedan obtener, descansa en el enfrentamiento personal entre el jugador y la banca. ¿Serán mis ojos más rápidos que sus manos? ¿Seré capaz de sorprenderle en lugar de que él me engañe a mí? La simulación efectuada por el autor del programa es tan acertada que uno experimenta un «pique» de tal magnitud, que la pantalla corre serio peligro de destrucción cada vez que el ordenador nos gana, cosa que desgraciadamente ocurre tan a menudo como con los profesionales callejeros. El juego posee varios niveles que afectan a la rapidez con que los cubiletes se mueven por la pantalla. El primero es sólo para calentar motores, y se gana casi siempre. Los demás son progresivamente más y más difíciles, y, en el último, casi no hay forma de seguir con la vista el movimiento del cubilete donde se encuentra la moneda que debemos señalar. Para concluir, «el guisante rojo» es un juego breve, gráficamente bien resuelto y muy adictivo. AS |